31 de agosto de 2018

Moros y cristianos

Pedro Antonio de Alarcón
Moros y cristianos
(Cuento)
XI

Pasada la cumbre, no tardo en descubrir en la cañada próxima a un
corpulento moro vestido de blanco, el cual araba patriarcalmente la
negruzca tierra con auxilio de una hermosa yunta de bueyes. Parecía aquel hombre la estatua de la Paz tallada en mármol. Y, sin embargo; era el triste y temido renegado ben Munuza, cuya historia os causará espanto
cuando la conozcáis.

Contentaos por lo pronto con saber que tendría cuarenta años, y que
era rudo, fuerte, ágil y de muy lúgubre fisonomía, bien que sus ojos
fuesen azules como el cielo, y rubias sus barbas como aquel sol de África
que había dorado a fuego la primitiva blancura europea de su semblante.

-¡Buenos días, Manos-gordas!-gritó en castellano el antiguo español,
tan luego como divisó al marroquí.

Y su voz expresó la alegría melancólica propia del extranjero que
halla ocasión de hablar la lengua patria.

-¡Buenos días, Juan Falgueira!- respondió sarcásticamente ben-Carime.

El renegado tembló de pies a cabeza al oír semejante saludo, y sacó
del arado la reja de hierro como para defender su vida.

-¿Qué nombre acabas de pronunciar?-añadió luego, avanzando hacia
Manos-gordas.

Éste lo aguardaba riéndose, y le respondió en árabe, con un valor de
que nadie le hubiera creído capaz:

-He pronunciado... tu verdadero nombre, el nombre que llevabas en
España cuando eras cristiano, y que yo conozco desde que estuve en Orán
hace tres años...

-¿En Orán?

-¡En Orán, sí, señor!... ¿Qué tiene eso de extraordinario? De allí
habías venido tú a Marruecos, y allí fui yo a comprar gallinas. Allí
pregunté tu historia, dando tus señas, y allí me la contaron varios
españoles. Supe, por tanto, que eras gallego, que te llamabas Juan
Falgueira, y que te habías escapado de la Cárcel Alta de Granada, donde
estabas ya en capilla para ir a la horca por resultas de haber robado y
dado muerte, hace quince años, a unos señores a quienes servías en clase
de mulero... ¿Dudarás ahora de que te conozco perfectamente?

-Dime, alma mía... -respondió el renegado con voz sorda y mirando a
su alrededor,- ¿y has contado eso a algún marroquí? ¿Lo sabe alguien más
que tú en esta condenada tierra? Porque es el caso que yo quiero vivir en
paz, sin que nadie ni nada me recuerde aquella mala hora, que harto he
purgado. Soy pobre; no tengo familia, ni patria, ni lengua, ni el Dios que
me crió. Vivo entre enemigos, sin más capital que estos bueyes y que esos
secanos, comprados a fuerza de diez años de sudores... Por consiguiente,
haces muy mal en venir a decirme...

-¡Espera!-respondióle muy alarmado Manos-gordas.- No me eches esas
miradas de lobo, que vengo a hacerte un gran favor, y no a ofenderte por
mero capricho. ¡A nadie he contado tu desgraciada historia! ¿Para qué?
¡Todo secreto puede ser un tesoro, y quien lo cuenta se queda sin él! Hay,
empero, ocasiones en que se hacen cambios de secretos sumamente útiles.
Por ejemplo: yo te voy a contar un importante secreto mío, que te servirá
como de fianza del tuyo, y que nos obligará a ser amigos toda la vida...

-Te oigo. Concluye.... -respondió calmosamente el renegado.

Aben-Carime leyóle entonces el pergamino árabe, que Juan Falgueira
oyó sin pestañear y como enojado, visto lo cual por el moro, y a fin de
acabar de atraerse su confianza, le reveló también que había robado aquel
documento a un cristiano de Ceuta...

El español se sonrió ligeramente al pensar en el mucho miedo que
debía de tenerle el mercader de huevos y de gallinas cuando le contaba sin
necesidad aquel robo, y, animado el pobre Manos-gordas con la sonrisa de
ben Munuza, entró al fin en el fondo del asunto, hablando de la siguiente
manera:

-Supongo que te has hecho cargo de la importancia de este documento y
de la razón por que te lo he leído. Yo no sé donde está la Torre de
Zoraya, ni Aldeire, ni el Cenet: yo no sabría ir a España, ni caminar por
ella; y, además, allí me matarían por no ser cristiano, o, cuando menos,
me robarían el tesoro antes o después de descubierto. Por todas estas
razones necesito que me acompañe un español fiel y leal, de cuya vida sea
yo dueño y a quien pueda hacer ahorcar con media palabra; un español, en
fin, como tú, Juan Falgueira, que, después de todo, nada adelantaste con
robar ni matar, pues trabajas aquí como un asno, cuando con los millones
que voy a proporcionarte podrás irte a América, a Francia, a la India, y
gozar, y triunfar, y subir tal vez hasta rey. ¿Qué te parece mi proyecto?

-Que está bien hilado, como obra de un moro... -respondió ben-Munuza,
de cuyas recias manos, cruzadas sobre la rabadilla, pendía, balanceándose,
la barra de hierro a la manera de la cola de un tigre.

Manos-gordas se sonrió ufanamente, creyendo aceptada su proposición.

-Sin embargo... -añadió después el sombrío gallego.- Tú no has caído
en una cuenta...

-¿En cuál?-preguntó cómicamente ben-Carime, alzando mucho la cara y
no mirando a parte alguna, como quien se dispone a oír sandeces y
majaderías.

¡Tú no has caído en que yo sería tonto de capirote si me marchase
contigo a España a ponerte en posesión de medio tesoro, contando con que
tú me pondrías a mí en posesión del otro medio! Lo digo porque no tendrías
más que pronunciar media palabra el día que llegásemos a Aldeire y te
creyeses libre de peligros, para zafarte de mi compañía y de darme la
mitad de las halladas riquezas... ¡En verdad que no eres tan listo como te
figuras, sino un pobre hombre, digno de lástima, que te has metido en un
callejón sin salida al descubrirme las señas de ese gran tesoro y decirme
al mismo tiempo que conoces mi historia, y que, si yo fuera contigo a
España, serías dueño absoluto de mi vida!... Pues ¿para qué te necesito yo
a ti? ¿Qué falta me hace tu ayuda para ir a apoderarme del tesoro entero?
¿Ni qué falta me haces en el mundo? ¿Quién eres tú, desde el momento en
que me has leído ese pergamino, desde el momento en que puedo quitártelo?

-¿Qué dices?-grito Manos-gordas, sintiendo de pronto circular por
todos sus huesos el frío de la muerte.

-No digo nada... ¡Toma! -respondió Juan Falgueira, asestando un
terrible golpe con la barra del hierro sobre la cabeza de ben-Carime, el
cual rodó en tierra, echando sangre por ojos, narices y boca, y sin poder
articular palabra...

El desgraciado estaba muerto.

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